lunes, 30 de enero de 2017

¿Qué se siente?

¿Qué se siente al empezar una de las mayores aventuras de tu vida? La verdad es que esto no nace de mis inagotables ganas de viajar y empapar cada gota de lluvia de cada rincón del mundo, esto nace de mucho más adentro. 

Hace apenas 6 meses tomé una decisión que cambió mi vida hasta ahora. Algo me llevó a viajar a Atenas, en principio “solo para ver qué pasaba por allí”, pero lo que vi se me grabó en las retinas como un tatuaje, para toda la vida. Tras un par de semanas, volví, tal y como ya había decidido después de 4 días allí, y conocí a las personas más maravillosas del mundo en los escasos dos meses que pude disfrutar de esa experiencia. Fue una relación corta pero intensa. Se convirtieron en mi familia. Quizás yo no fui tan importante para ellos como ellos lo fueron para mí, al fin y al cabo conviven con la llegada y la marcha de muchos otros voluntarios y voluntarias, pero a mí me enseñaron tantas cosas que ahora no puedo dejar de quererles. Descubrí lo que realmente es la fortaleza, la generosidad, la lucha constante, el cansancio extremo y sobre todo, y por desgracia, descubrí el verdadero significado de la palabra injusticia.

Y, bueno, ahora yo me encuentro en algún lugar de la frontera entre Francia y España, comenzando un gran viaje, no solo físico, sino también emocional, como todos los viajes, supongo. Pero este es especial. No puedo dejar de pensar en el futuro de esta gente, en dónde volveré a verles, si es que lo hago, en cómo estarán, cómo afrontarán una nueva vida después de los infiernos que han vivido. Me imagino dentro de unos años visitando a Sumaya con su energía desbordante y su estridente risa; a Sami, contando nuevos chistes y haciendo travesuras; a Ali Ali y a Heba, y esa paz cargada de amor que les rodea; a Bashar, ya hecho todo un hombre, y a Tito, como siempre, cuidando de él, los inseparables; a la Mamma y sus maravillosos hijos deseosos de aprender todos los idiomas del mundo; a Khalil cuando ya no necesite andar pegado a su Tablet, pierda el miedo y pueda comunicarse cara a cara con quienes más ama; a Edar, descansando tranquilo después de dejarse la piel por ayudar a los suyos; a Rahmat y sus hermanos con instrumentos nuevos pero cantando las mismas canciones de siempre. A todos los que no lo saben pero se hicieron un hueco en mi corazón. A todos los que consiguen emocionarme cada vez que les devuelvo a mi memoria.

Sé que no todos lo conseguirán, sé que algunos se quedarán por el camino, que la guerra les ha hecho ya demasiado daño como para llegar hasta el final de la carrera. A veces lloro por ellos, por no poder hacer nada, tratando de no perder la esperanza y confiando en que alguno de ellos finalmente demuestre que sí puede aunque nadie le crea capaz. 

Es toda esta mezcla de emociones la que me presiona el pecho de dentro a fuera y la que me guía hacia delante. No es solo luchar por una causa social, por los derechos humanos, también es luchar por ellos y ellas, y por mí, porque no podría vivir tranquila sabiendo que no hago nada para terminar con este infierno en el que viven. Todo esto lo siento entre las costillas y los pulmones, o quizás más adentro. Todo esto es lo que hace de este viaje un grandísimo viaje, para mí, para ellos y para el mundo entero.



domingo, 20 de noviembre de 2016

Puta guerra

Hay días y días. Hay días buenos, en que la noche se ilumina por la luna llena. Hay días en que el sol no sale. Hay días en que, de golpe, el mundo cambia y te embiste cuando estás desprevenido. Hay noticias como puñales que llegan y te atraviesan, que desmoronan tu vida, tus planes, que apagan tu luz. Hay noticias que matan cualquier inicio, que bloquean, que nublan los deseos y tiñen de gris la brisa que te envuelve.

Puta guerra.

Hoy no hablo por mí, sino por ella. Hablo por La Mujer por excelencia de la escuela. La mujer que trabaja sin descanso, la que se dedica a los demás para no morir en sí misma. La mujer que, a pesar de todo, siempre sonríe.

Puta guerra. Si decirlo mil veces sirviera de algo, lo gritaría un millón. Puta guerra. Por injusta, por cruel, por ser un bucle de incongruencias del que no se puede escapar, como un huracán que arremete violentamente contra todo lo que encuentra a su paso y lo engulle para siempre. Por herir a los más vulnerables, por hundir a los mejores barcos.

“Lo siento, Eva, no puedo.” Hay días y días y hoy fue un día de muerte, nunca mejor dicho. Un día de familiares muertos en la frontera con Turquía y dos niños desvalidos, que a partir de ahora continúan solos. Hoy fue un día con sorpresa de sabor amargo.


Puta guerra.


domingo, 6 de noviembre de 2016

Frenazo

Quién iba a decirme que hoy iba a estar aquí. No me refiero a “hoy” como realmente hoy, sino como a este presente indefinido en el que actualmente vivo. 

No sé muy bien cómo definir esto. No es una simple etapa más en mi vida, es una burbuja. Es un período en el que, a diferencia de otros, el crecimiento personal no es lo más importante. Es un período de perder la individualidad para ser un colectivo. Una sinergia en estado puro, que no sería posible sin el resto de personas que me rodea. 

Los días se suceden a un ritmo vertiginoso y a veces es difícil parar y mirar hacia dentro. Eso es peligroso, pero hay que pasar por ello. No está mal descuidarse un poco de vez en cuando. Vivir el momento inmediato, comer lo que hay, dormir cuando se puede, posponerse a uno mismo por otros.

Hoy, por fin, he parado después de un mes. No he frenado porque mi cabeza lo necesitase, sino porque mis defensas han decidido hacer huelga y el cuerpo me pide manta, té y muchos pañuelos. Normalmente odio esto, porque me aburro muchísimo y me desespero, pero esta vez no está tan mal. Estoy ordenando pensamientos, estoy analizando todo lo que está pasando y estoy cogiendo fuerzas para volver a la carga mañana.

Atenas es un caos, pero a veces siento que, aunque viva en esta ciudad, no soy parte de ella realmente. Me muevo en una realidad distinta a la de las personas que veo caminar por la calle. Soy parte de un colectivo que trata de cambiar una situación injusta, pero no dejo de ser una minoría. Es increíble la cantidad de personas que, incluso aquí, viven al margen de lo que hago, que ni siquiera tienen idea de la existencia de este minimundo. 

Esta sensación me descoloca. Como si estuviese viviendo en un paréntesis, en cualquier momento podría salir por la puerta y volver a mi casa. Sin embargo, nada volvería a ser igual. Ellos y ellas no tienen esa posibilidad. Viven en un vacío permanente, sin retorno y al margen de la sociedad. Yo ya estoy dentro y sé que una parte de mí siempre permanecerá en la burbuja. 

No sé lo que haré mañana, ni dónde estaré dentro de unos meses, pero ya me es imposible desvincularme de esta lucha.



domingo, 9 de octubre de 2016

Improvisación

Me cuesta dormir. No me concentro. Algo me falta.

Me faltaba escribir.

Escribo, como ya dije una vez, de una mente en negro a un folio en blanco, vomitando pensamientos. Nada de esto tiene un hilo, es puramente terapéutico.

Se acerca el comienzo de otra etapa y todavía no me había parado a reflexionar sobre lo que ello implica. Todas las nuevas etapas suponen algo bueno y algo malo. Todas despiertan las mariposas que, a causa de la comodidad, se duermen en el estómago; y todas llevan consigo despedidas, por muy odiadas que sean.

En los últimos meses, mi vida ha consistido en sucesiones rápidas. Períodos cortos de mi vida, diferentes entre sí e intensos como nunca antes. Una montaña rusa de emociones y experiencias que coleccionar y recordar con un cariño infinito. Un corazón reinventado, revivido, sofocado y florecido. Una sonrisa que ha aumentado por lo menos tres tallas desde que me lancé a la aventura de salirme del sendero, de mandar a la mierda lo que se espera de mí para ser un poco menos racional y un poco más feliz.

En los últimos meses he sufrido como hacía años que no lo hacía, me he perdido a mí misma, he huido y me he encontrado en el reflejo de otras pupilas, me he descalzado, he bailado, he reído y he crecido. Me encantan esos capítulos vitales que, como en los libros, no te dejan respirar hasta que no los terminas. Pensándolo bien, no sé a ciencia cierta si esto es un final o simplemente un paréntesis. A veces una cambia de capítulo, o incluso de libro, sin darse cuenta. Me gustaría poder regresar cuando quisiese a este ritmo loco, si fuese necesario.

En los últimos meses me he enamorado tanto que me duele. Me he enamorado de tantas personas a la vez y me siento tan orgullosa de haberlas tenido en mi vida que no puedo evitar sentirme triste, ahora que me alejo de ellas. Diría que ojalá nuestras vidas se hubiesen cruzado antes, pero prefiero decir que ojalá no dejen nunca de estar enredadas, cada uno en su propio desorden y en su propia libertad. Me marcho con un pedazo de todos vosotros, con el pecho a rebosar de abrazos invisibles que no abarcan lo suficiente para estrujaros a todos.

Tengo mucho más que decir, pero quiero acabar así, con este amor que pocas veces me brota tan sinceramente y del que deberíais aprovecharos.



Pío.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Ya no se habla.

- ¿Cómo te sientes?
- Estrangulado.

Continúo frustrando mis intentos de ayudar desde aquí. Continuo intentando hacerme a la idea de que no todo está en mi mano. ¿Cómo explicarles que las buenas intenciones no siempre son útiles? Veo cómo se derrumban problema tras problema, cómo se aprovechan de ellos, cómo pierden toda esperanza y prefieren la muerte a continuar un solo día más así. 

"Quiero volver a Siria y morir allí con mi familia, eso sería mucho mejor que continuar aquí. Me siento insultado, ofendido."

¿Cómo les explicas que Europa apesta? Vinieron con esperanzas de encontrar paz, humanidad, una nueva vida, y no solo les han negado todo, sino que los han encerrado como a animales. ¿Cómo les explicas que entre toda esta mierda hay gente buena que quiere luchar por un mundo sin fronteras? ¿Cómo les explicas que siempre se puede hacer algo, que los problemas se solucionan y que siempre habrá alguien que se preocupe por ellos, si cada maldito día que pasan allí reciben una nueva patada?

Me niego a renunciar, a darme por vencida y a abandonar la arena. Me niego a dar la espalda a una situación manipulada por los medios, oculta a la población para su beneficio, para mantener a las masas tranquilas y ajenas a los sentimientos de impotencia que nos abordan a los que trabajamos a pie del cañón. Ya no se habla de estas personas, ya no se muestran imágenes en las noticias, por lo tanto ya no existe el problema. Vivimos en un engaño. 

Sí, sería más feliz viviendo a ciegas. Podría olvidar todo lo que he visto, todas las historias que he escuchado, leer un libro, ir a comprar, salir a tomar una cerveza y dejar de preocuparme por todos ellos y ellas. Podría hacerlo y mi día a día sería más fácil. Pero no, no soy feliz sabiendo que vivo en un país que cierra los ojos y las puertas a miles de vidas, no soy feliz rechazando mi derecho a la protesta, a la acción, a la lucha por una sociedad que, en lugar de lanzarse bombas, se tome de la mano.


lunes, 29 de agosto de 2016

Por qué vuelvo

No fue un adiós corriente. Fue un adiós egoísta, fue un adiós hiriente. Fue un “ahí te quedas, mi misión aquí ha terminado”. Fue un “voy a coger ese avión que tú no puedes tomar”. Ni siquiera fue un adiós, fue una patada en la cara.

Ahora mi cuerpo está en España pero mi cabeza en Atenas, en la plaza Victoria, en la segunda escuela, en el hospital, en el hotel Oniro, en el metro y en la tienda en la que comprábamos el desayuno cada día. Pasan las horas y solamente pienso en lo que estaría haciendo allí, en lo que todos ellos y ellas estarán haciendo allí, en sus rutinas infernales, en el aburrimiento por la espera que les consume, en su sufrimiento.

Pero no estoy allí.

Estoy aquí, averiguando la manera de recurrir a vacíos legales mediante los cuales puedan ser algo más felices. Estoy moviéndome más que nunca por su felicidad y no por la mía, como hasta ahora había hecho. Porque una vez has sido parte de ellos, estás perdido. La alegría tiene otro color, es mucho más fácil de encontrar, aprendes a disfrutarla en cada mota de polvo. Pero también la tristeza, la impotencia y la rabia son más fuertes. Y por ello es imposible olvidar y retomar mi camino.

Esta es la razón por la que vuelvo. Porque es el momento de hacerlo. Porque puedo ayudar en algo. Porque las ganas de cambiar el mundo que corren por mis venas no pueden ser malgastadas. Porque con levantar del suelo la vida de una sola persona ya habrá valido la pena. Porque estoy cansada de comentarios paternalistas, de la resignación de muchas personas ante la posibilidad de ayudar. Estoy harta de que me digan que yo sola no voy a poder hacer nada. Joder, ¡pues únete a mí! Estoy cansada de los ojalá y los sipudieraloharía que no llevan a ningún sitio. Estoy cansada de la gente con los pies en el suelo, de los pesimistas y los acomodados. Estoy harta de que me halaguen y me llamen valiente por hacer lo que hago. Valientes son todos ellos, simplemente por seguir vivos dejando atrás la guerra. Y cobardes son el resto, por participar con su pasividad en la injusticia.

Vuelvo porque así quiero hacerlo. Aunque solo sea por callarle a boca a más de uno. O por luchar de la mejor manera que sé contra la estupidez humana.


domingo, 21 de agosto de 2016

Historias para no dormir

Siempre he sentido debilidad por las personas rotas, por las heridas y grietas, porque, incluso allí, crecen flores.

Se sentó a nuestro lado. Sus movimientos eran rápidos y bruscos, como un tornado. Su ojos dos océanos color indefinido, entre marrón y gris. Profundos como dos agujeros sin fondo. Posó su mirada fija y perdida en mí. Hablaba rápido. 22 años y casi las mismas heridas en su cuerpo. Cogió mi mano y me hizo tocar cada una de ellas. Cicatrices superficiales, un brazo vacío de piel y músculos, una mano inútil, una bala en el pecho. Toqué cada una de ellas con mis cinco sentidos, como si las besara.

No podía dejar de preguntarme a mí misma qué tenía ese chico en la cabeza, cuántos recuerdos y cuántas emociones juntas se entrecruzaban en su mente. Después me enteré de que sufría ataques epilépticos, no me extrañó, pues lo que él había vivido era verdaderamente insoportable.

Al empezar la guerra en Siria se alistó en el Ejército Libre. Sus únicos amigos de verdad fueron sus compañeros. El dinero que les pagaban se lo daban a la gente que lo necesitaba. Después trabajaban para poder comer. Fue herido múltiples veces e ingresado en un hospital en Jordania. Allí conoció a una mujer iraquí de la que se enamoró. Acordó venir a Europa con ella pero llegado el momento ella no apareció porque tuvo problemas en las fronteras de Turquía.

“En el 2008 perdí la comunicación con mi familia y en el 2014 perdí a la mujer a la que quería y mi mano; ya no me queda nada más que perder”. Se equivocaba, todavía quedaba mucho que perder.

Había enterrado ya a cinco amigos suyos, otros tres fueron detenidos y del resto no sabía nada. La ira que tenía acumulada dentro no podía medirse. “Antes de irme he habría gustado degollar a cuatro personas, pero solo pude matar a una de ellas”. Un día se juntaron unos cuantos compañeros, fueron a buscar a esta persona y la metieron en un coche, la llevaron a su casa. Le ataron de pies y manos frente a su propia mujer e hijo pequeño. La mujer les suplicaba que le perdonasen, a lo que él respondió que había hecho tanto mal que era imposible perdonarle. Le mataron allí mismo. “Cuando enterraba a gente inocente, la sangre no tenía olor; sin embargo al matar ese hombre toda la casa apestaba; su alma estaba tan sucia que incluso su sangre olía mal”.

Era tan solo un niño cuando su vida dejó de llamarse vida. “Mi corazón está negro y aunque alguien intente ayudarme siempre estará negro” Un adulto prematuro en un cuerpo envejecido a la fuerza. Un ser humano sin esperanzas, sin nada que tire de él hacia delante. Le ofrecí una cuerda para salir del pozo, a pesar de ser incapaz de entenderle, a pesar de no tener ni idea de cómo hacerlo. Y la aceptó. Porque nadie antes le había lanzado una cuerda después de saber lo que yo sabía. 

Me abrazó como nadie antes me había abrazado. Fuerte, con un solo brazo. Con su cara húmeda en mi cuello. “Your heart beautiful” Me dijo con su poco inglés. Y mi pecho latiendo de rabia por dentro. ¿Por qué la vida era tan injusta?

Esto es tan solo un resumen de un caso real. Tan real como que ahora mismo estás leyendo mis palabras y tan real como que al mismo tiempo están muriendo miles de personas en la otra mitad del planeta.


miércoles, 17 de agosto de 2016

Un mar de sufrimiento al que lanzarse

Hoy me duele el pecho. Y siento que la cabeza me va a estallar. Al tercer día ya pasé a ser La Psicóloga (con mayúsculas, porque me temo que soy la única). Me duele la impotencia de la situación, el no poder solucionar sus mayores preocupaciones, como la maldita burocracia para conseguir un permiso de 6 meses o las citas de las entrevistas para la reunificación familiar. Me duele darme cuenta de que muchas veces la única solución es el contrabando, y que ellos lo prefieren, aunque con ello estén arriesgando sus vidas. Me duele ver cómo se consumen en su pasado, cómo lloran, cómo se pudren por dentro mientras esperan que todo mejore. 

Me destrozan sus sonrisas de ojos siempre tristes y sus cicatrices, por fuera pero también por dentro. “Si alguna vez te contara todo lo que llevo dentro, no podrías soportarlo, caerías en depresión”, me dijo un chaval de 22 años (¡mi edad!) durante una sesión. Por supuesto, acepté el reto. Un chaval de 22 años, con casi las mismas heridas por todo el cuerpo, incluyendo una bala en el pecho y un antebrazo casi amputado. Una mirada indescriptible, y cuando digo indescriptible no exagero. Una mirada que dice tanto y tan poco a la vez. Un mar de sufrimiento al que lanzarse. Una actitud desesperanzada: “ya no tengo nada que perder, porque ya lo he perdido todo”. Un chaval en un pozo negro y una psicóloga inexperta que desde arriba le lanza una cuerda. Si tan solo pudiese aportar un rayito de luz a su vida, sería la persona más feliz del mundo, pero ¿cómo voy yo, desde mi ignorancia, a hacerle ver que la vida es maravillosa y que tiene que abrazarse a ella con todas sus fuerzas?

“Muchas veces lloro recordando mi país, otras veces lloro por dentro para que mis hijos no se enteren. Yo puedo soportarlo, aunque me cueste, pero ellos no podrían”, me dijo una mujer de 40 años, que aparenta 60. Su marido y su hijo mayor están en Alemania. Ella a cargo de una familia que no funciona: un hijo adolescente que no está preparado para ser el hombre, una hija adolescente enamorada de alguien a quién no aceptan, un niño perdido. Gritos, golpes, lágrimas. Todo ello en un momento de sus vidas que ya es de por sí insoportable. El tiempo pasa lento en la tienda de campaña en la que duermen cada día, esperando noticias nuevas que no llegan. La tensión aumenta. Los recuerdos no se marchan. 

Sin embargo sonríen. Me agradecen tan fuerte que apenas puedo creérmelo. Un abrazo interminable que casi me deja sin respiración. Un sutil pero intenso gesto de agarrarme la mano. Una mirada brillante, como nunca las había visto, que interpreto como un “gracias, simplemente por escucharme sin juzgar”. Solamente por eso sé que vale la pena estar aquí, aunque llegue a casa cada noche con un nudo en la garganta, aunque cada paso que de aparezcan 5 personas más que quieren hablar conmigo. Aunque ni siquiera sepa si mañana van a estar aquí o se habrán marchado.

Vale la pena.

sábado, 13 de agosto de 2016

Luchemos

Ocho horas. Ocho horas desde que hemos pisado suelo griego hasta que se nos ha clavado una espinita en el corazón.

Memo y Aekeed. 24 y 25 años. 34 y 35 en apariencia. Siria. Dolor. 

No es solo por sus historias repletas de pérdidas, riesgos, viajes, indecisión, sufrimiento, es por sus rostros. La manera en la que ríen. La alegría, efímera para muchos de nosotros y estrictamente necesaria para ellos. La resiliencia sin opción. La indiferencia al hablar de muerte. Las ganas de vivir.

La humanidad más humana que haya visto nunca.

Supongo que sentir es bonito en su justa medida. Que aprender a fluir en cada emoción hasta que esta pasa es útil siempre y cuando no se sobre pase el límite de lo insufrible. 

Hoy he aprendido dos cosas: 1- que el dolor nos hace de piedra. Y 2- que solo sabiendo ser de piedra se puede ser realmente humano.

Memo y Amed. No nos han contado ni una milésima parte de su vida, pero ha bastado para hacernos una milésima parte de la idea de su fortaleza. Qué importa si duermen en el suelo, qué importa no saber dónde estarán mañana, qué importa nada, después de sus desventuras. Y sin embargo se han preocupado por nosotras y han intentado protegernos de otros que “no eran buenos”.

Entiendo que cada persona es un mundo, dadas sus circunstancias, que algunos aprenden a ser buenos y otros a ser malos y que hay que ser prudente. Ellos hoy nos han demostrado que se puede ser humilde y empático a pesar de las propias heridas.

Pido que esto que siento ahora no se acabe, que no me acostumbre a historias similares. Que nadie lo haga o nuestra misión habrá sido en vano. Que no quede en un mero “pobrecitos” sino en un “estoy harto, luchemos”. Pido – os pido – que no ignoréis la rabia y que, entre todos, sepamos unirnos para terminar con esto.


viernes, 12 de agosto de 2016

Boom boom

Algo retumba en el pecho. Como un gigante que da golpes por salir.

El calor abrasador del sol y la humedad nos dan la bienvenida a esta ciudad de grafitis y letras raras. Después de haber intentado descansar un rato aparece el gigante. No puedo esperar, la impaciencia me domina. Aprieto los dientes y abro bien los ojos al asomarme a la ventana. El sol se pondrá en pocas horas pero tengo la sensación de que el día aun tiene mucho que darme. 

Siento el cosquilleo de antes de un beso y el entusiasmo de un regalo por sorpresa. La vida es un regalo. Si la sabes decorar y ponerle lazos. 

Empieza la aventura.

Otra nueva.

Respiro profundamente, con el abdomen y con cada uno de los poros de mi piel. Quiero empaparme de cada pequeño detalle. No dejarme nada por hacer. Ya tengo preparada la libreta y la pluma. Para plasmar como yo sé cada sentimiento indefinido y ponerle letras, que no nombre. 

De nuevo Wanderlust. Para hacerme despertar, volar una vez más y al mismo tiempo acercarme a suelo.

Descalza.

viernes, 5 de agosto de 2016

Estrellas

Corren las agujas.

Ayer nos enteramos de que la noche en que partimos no lo haremos solas, sino con las Perseidas de cada agosto, esta vez multiplicadas por cinco. Qué bonita metáfora. Lluvia de estrellas sobre nuestras cabezas para acompañarnos en un viaje que seguro no nos deja indiferentes.

No estoy asustada, sino expectante. Hambrienta de experiencias, colores, olores, ojos nuevos. Mentes nuevas. Dejo por un tiempo mis andares descosidos y me lanzo al vuelo. Ya lo echaba de menos.

“¿Qué se lleva en la maleta para un viaje así?” Buena pregunta. Supongo que espacio. Y orden. Para volver llena y despeinada. 

Para creer en la humanidad hay que ser parte de ella. Quizás yo viva en las nubes, demasiado ignorante de los peligros reales, confiada, ingenua y risueña. Pero todavía sigo viva y no he perdido la esperanza. La gente es buena. Las circunstancias no. A veces no sabemos reaccionar, nos ahogamos en mares de miedo, atacamos, se nos olvida que no estamos solos y que también hay que cuidar la compañía. 

Una vez me dijeron que un viaje es una huida. No diré que no lo es. Huyo de la rutina, de la banalidad, del mismo pensamiento lineal de cada día que nos oprime el cerebro. Huyo de mi vida para entrar en otras. Y huyo de mi pasado para alimentar mi presente. Huyo para sentirme viva. 

Siento que me esperan, que me necesitan, que si hago reír a alguien habrá merecido la pena, que cualquier diminuto gesto es bien recibido y que se lo debemos. El mundo gira demasiado rápido y cerramos los ojos y las fronteras sin apenas sentir nada. Nos consumimos en un egoísmo generalizado y normalizado. ¿Quién va a ser el primero en soltarse las cadenas?

Si pudiese cambar el mundo lo haría. Espera un momento, ¡si puedo hacerlo! Me pongo manos a la obra, entonces. 

Paz.

lunes, 18 de julio de 2016

Grecia

Vuelo de nuevo. Con la ilusión de la primera vez. Y de cada vez. Vuelvo a pensar en maletas y ventanillas de avión. Con mis cinco sentidos preparados para devorar lo que la tierra que pise me quiera ofrecer.

Vuelo para ayudar y para ayudarme. Me marcho rota como un cristal y dejando atrás los cambios que ya son pasado, con el pecho latiendo a destiempo por escapar. Me marcho con la cabeza a punto de explotar de ideas, con los dedos listos para vomitar en letras y el corazón abierto de par en par.

Esta vez marcho a Grecia con el propósito de tender la mano a esas personas que llaman refugiados pero que no tienen refugio. Y esta vez no marcho sola, marcho con mi amiga y compañera de Al Cuadrado Solidario, y marcho con todos los que de una forma u otra quisieron, quieren y –todavía a tiempo- querrán ayudar y colaborar en nuestro proyecto.

En el puerto de El Pireo, en Grecia, habitan temporalmente miles de personas en una situación precaria, durmiendo en tiendas de campaña y rodeados por una verja que los aísla del resto como animales peligrosos. Las últimas noticias del lugar apuntan a un desalojo progresivo del puerto, un desalojo injusto, camuflado, pero no por ello menos agresivo, debido a intereses económicos relacionados con la industria de la pesca. O quizás solo sea una excusa más para librarse de ellos. Saquen sus conclusiones. El caos reina en la zona, el desconcierto, la incertidumbre y el sufrimiento de estas personas no se puede ignorar. 

Mi objetivo primordial es impedir que lo que está sucediendo allí se mantenga oculto a los ojos de Europa. Viajo para ayudar todo lo posible con el dinero recaudado, pero también para llevar a cabo un pequeño programa de arteterapia que ayude a los y las refugiadas, adultos y niños, a encontrar una manera de expresarse libremente, canalizar, desahogarse, y sobre todo contar al mundo lo que viven y lo que quieren vivir. Mi objetivo es lograr, por todos los medios posibles, que sus voces no se acallen, que se escuchen más alto y más lejos. Pintura, escritura, danza, todo es lenguaje y libertad. 

Pasaré (solamente) dos semanas en El Pireo trabajando por y para estas personas que lo han perdido todo, en nombre de todos los que todavía sienten la rabia de la injusticia en el pecho. Los refugiados son personas como cualquiera de nosotros, que lo han perdido todo, que no quieren hacer ningún mal a nadie y que necesitan nuestra ayuda urgente. Todavía no me he ido y ya quiero volver. Posiblemente lo haga, los que me conocen ya saben que no me cuesta mucho tomar este tipo de decisiones. Las alas mandan.

Paz y libertad.


miércoles, 16 de diciembre de 2015

"Resume tu experiencia en una entrada corta"

¿Cómo explicar con palabras lo que se siente al ver los primeros rayos de sol asomando por el horizonte de la Bahía de Bengala? ¿Cómo explicar lo que se siente al escuchar reír a carcajadas a una niña con el cabello repleto de piojos y que ni siquiera tiene cepillo de dientes? ¿Cómo explicar la paz inamovible de un lugar envuelto en ruidos, suciedad y calor?

Jamás conseguiría describir mi experiencia en la India como se merece, primero, por ser un lugar completamente distinto a todo lo que la mayoría de personas que me lea conoce y, segundo, por ser yo y mis circunstancias quién trató de empapar la esencia de ese país y se quedó con las mejores cosas. “La India es un país que, o no gusta nada, o enamora” me dijeron antes de partir, y me alegro enormemente de haberme convertido en una de esas personas que se dejan un pedacito de corazón allí, con intenciones de volver.

Lo único que lamento de mi viaje es que fuese tan corto. Un mes fue suficiente para mostrarme algunas de las mejores pinceladas de la cultura, pero no lo fue para que yo pudiese dar de mí tanto como me habría gustado. Marché con las ideas claras acerca de mi misión en Pondicherry, con la mente abierta para que el choque cultural fuese lo menos brusco posible y con muchas ganas de ayudar en una sociedad a la que llamamos “subdesarrollada”. Me indignaba pensar que en el mundo hubiese gente que no podía vivir en una casa con agua caliente, con goteras, sin horno o microondas, que hubiese gente que tuviese que lavar la ropa en el río, que trabajase 20 horas al día por un mísero salario. Sin embargo, me di de bruces con algo que yo no contemplaba: en el mundo hay personas que sí pueden vivir así y que, además, son felices. ¿Cómo? Dando menos importancia a lo material, viviendo el momento y disfrutando de él, agradeciendo cada segundo lo que la vida les ha dado y dejándose fluir en el tiempo sin prisas ni estrés.

En la guardería en la que ayudaba por las mañanas vi cómo había niños y niñas que siempre llevaban la misma ropa y que muchos días traían la mochila vacía, sin nada de comida para almorzar y comer, pero también vi cómo todos estaban acostumbrados a compartir comida y no había reparos en comer del suelo. No sucedía lo mismo con los juguetes, no estaban acostumbrados a tenerlos y, por ello, discutían continuamente, pero cuando disfrutaban, lo hacía de verdad, como lo hacen los niños, a lo grande.

Otro de los proyectos en los que ayudé fue el que idearon dos voluntarias francesas, en el cual ponían en contacto a un grupo de niños y niñas indios de entre 12 y 15 años con otro grupo de edad similar de un colegio de su ciudad en Francia. Durante estos ratos, lo niños no salían de su asombro, escuchaban atónitos todo lo que les enseñábamos acerca de Europa, sus costumbres, sus calles, sus comidas, hacían preguntas que jamás habríamos imaginado y les encantaba hablar sobre su país. Fue sin duda una gran experiencia, tanto para ellos, como para nosotras.

Sin embargo, lo más importante que me llevé del país no fueron regalos ni comida india, sino el recuerdo de todas las personas que conocí, del resto de voluntarios con los que entablé lazos increíbles a pesar de mi corta estancia, del conjunto de personas que me rodearon, me ayudaron, me aconsejaron, me cuidaron y me hicieron pasarlo bien. Coincidimos voluntarios de muchos países distintos y pasábamos el rato con Rajesh (el coordinador de los voluntarios en la ONG) y sus amigos, por lo que la mezcla cultural que salió de allí fue cuanto menos enriquecedora. Nos envolvía una atmósfera de generosidad, de fraternidad, que muy pocas veces he experimentado. Todos éramos distintos así que todo estaba permitido, nadie tenía miedo de expresarse porque sabíamos que iba a ser bien recibido. Aprendimos a ver las virtudes de cada uno y a engrandecerlas. No estoy segura de si la razón de esta gran convivencia fue el lugar, nuestra posición de voluntarios o si simplemente nuestras personalidades encajaron a la perfección, pero fue algo que no me dejará indiferente.

Recordaré siempre mi viaje a la India como un paréntesis muy necesario en mi vida, donde conseguí deshacerme de pequeñas preocupaciones que después me parecieron estúpidas, donde aprendí a ver el mundo desde otra perspectiva y donde también me descubrí a mí misma. Tengo claro que volveré algún día y que aquel país que nos parece tan lejano y tan extravagante volverá a enseñarme infinitas cosas que sin duda me cambiarán para bien.

Eva.

martes, 10 de noviembre de 2015

Hasta pronto

Se acabó. Lo que tantos años había soñado ya ha terminado. Y me ha sabido a poco, como esperaba. 

Dejo atrás un mes increíble, uno de los meses más intensos de mi vida, uno de los meses en los que más he podido absorber del mundo, de la humanidad. Dejo atrás un sueño cumplido, ¿hacia dónde he de apuntar ahora?, ¿cómo he de sentirme? Nostalgia, alegría, agradecimiento, añoranza, tristeza. No tengo ni idea de cómo me sentía cuando no dejaba de llorar en el avión de vuelta. No sé cómo expresar lo que este viaje ha hecho en mí, lo que me ha enseñado, lo que significa para mí haber visto lo que he visto, haber sentido lo que he sentido, haber conocido a las personas a las que he conocido. ¿Qué voy a contestar cuando me pregunten qué tan en la India? No existe una respuesta que nadie excepto yo pueda comprender.

Esta ha sido una de las mejores experiencias de mi vida y me alegro de haberla vivido a mis 21 años. Todavía me queda muchísima vida para seguir empapándome del mundo entero, y ganas infinitas. Me siento viva, me siento joven, me siento enormemente afortunada. No quiero tener dinero, no quiero llenarme de objetos materiales que me vacíen por dentro, sé que puedo encontrar la manera de hacer lo que quiero hacer, a pesar de las barreras (principalmente económicas) que me limitan a mí y al resto. Todo es cuestión de prioridades y la mía es luchar por todo aquello que me haga feliz. Algunos me tachan de ingenua, de vivir en las nubes, de no tener los pies en el suelo, y quizás tengan razón, no los tengo, pero seguiré volando hasta que me caiga por mí misma y no por los avisos de otros.

Siento que puedo seguir adelante aceptando que no todo a mi alrededor es justo, ni bueno para mí ni para ti, ni para los demás; puedo seguir adelante a sabiendas de que no puedo cambiarlo todo, pero de que puedo ayudar, y de que a veces una pequeña acción tiene grandes consecuencias. Siento que me queda mucho que ofrecer en India y seguiré ayudando en lo que pueda desde aquí. Siento que lo poco que me ha dado tiempo de hacer en Pondicherry ha tenido grandes repercusiones. Siento que me han querido muchísimo más de lo que yo esperaba. Tan solo un mes y he recibido un cariño que jamás podría haber imaginado. Me voy con la sensación de que no hay motivos para que me hayan tratado tan bien, al fin y al cabo solo he sido una voluntaria más que llegó y ya se ha marchado, pero siento que he dejado huella, no sé cómo. Lo que he recibido es desmesurado, quizás haya dejado algo en el camino que desconozco y que allí han sabido apreciar. Esperaba pasar desapercibida, llegar, ayudar y marcharme, y sin embargo, siento que me he convertido en alguien importantísimo para las personas que he conocido. 

Y todo es recíproco.


Llegué para cambiarla y ella me cambió a mí.


lunes, 2 de noviembre de 2015

La otra cara

Todo lo bueno se acaba. Y esta vez lo asumo. He disfrutado de cada momento, de cada rayo de sol abrasador y de cada gota de lluvia, de cada carcajada, de cada taza de té y de cada una de las especias, de cada persona, de cada nuevo amigo, de cada una de las cabezas locas que me han acompañado y han hecho de esta experiencia una de las mejores de mi vida. La India no habría sido lo mismo sin ellos. 

Me marcho de Pondicherry en dirección Bombay, donde pasaré mis últimos días antes de volver al invierno español. Exprimiré, como siempre hago, cada segundo y me despediré con un “hasta pronto”. 

¿Cuánto tiempo gastamos en llorar por el pasado?, ¿cuánto tiempo invertimos preocupándonos del futuro? Como era de esperar, este viaje no me deja indiferente, y la diferencia con respecto a otros grandes viajes y experiencias de las que me ha costado desprenderme es que esta vez he aprendido a dejarme llevar, a vivir en el presente y respirar tranquila. 

No puedo sino dar las gracias por haber hecho esto realidad. Gracias a todos los que se interesaron por mí desde el primer día, a los que me dieron buenos consejos antes de venir, a los que me advirtieron de los peligros, a los que siempre me apoyaron y creyeron en mí, a los que temían e hicieron de tripas corazón, a los que desde el principio supieron que no iba a darme por vencida hasta conseguirlo (todos esos que me conocen bien). Y también, gracias a la gente que he conocido aquí, que tanto me ha enseñado y que nunca olvidaré.

Pero esto no ha acabado. Me queda la última parte de la aventura: Bombay. Me queda descubrir la gran ciudad, el otro lado de la moneda. Me queda descubrir lo que es ser una turista rica entre los pobres. 

Si soy sincera, estoy algo asustada. 

Pocas veces siento miedo y sentirlo nunca es para mí un impedimento, pero sí, lo admito. Creo que es difícil dar el paso de ayudar en una ONG a convertirme en un cajero automático para los indios. Y más allá de eso, es mucho más duro para mí pasar de ser una chica joven que ayuda, a una chica joven a secas. En Bombay pierdo todo el respeto que he podido tener entre los que me rodean, ahora solo seré una mujer, blanca, joven, con todo lo que ello conlleva aquí.

Volveré con más historias y opiniones sobre esto. ¡Deseadme suerte!

lunes, 26 de octubre de 2015

Ser mujer y ser blanca en la India y en el mundo

Estoy orgullosa de ser mujer, con mis fallos y mis aciertos, y orgullosa de ser consciente de mi posición en una sociedad hecha para hombres. El primer paso es dejar de meramente ver, para empezar a observar. Me alegro de ser capaz de percatarme de las pequeñas grandes injusticias entre géneros, y el hecho de ser parte de ese 50% de la población que se encuentra en desventaja me ayuda a canalizar la frustración buscando maneras de cambiar esta estúpida jerarquía. 

Estoy orgullosa de ser "femenina" de la manera en que yo elijo serlo, y no de la manera socialmente aceptable (soy mujer, siempre voy a ser femenina, vaya palabra más vacía). Estoy orgullosa de haber conseguido llegar al punto de mi vida en el que estoy ahora, en el que sé que soy libre de hacer, decir y pensar como yo quiera, en el que me siento a gusto porque sé que las decisiones que tome las habré tomado yo y no otros, y que si hay algo que no me gusta, puedo esquivarlo. Estoy orgullosa de no haber escogido el camino fácil de la ignorancia y de no haberme conformado con las metas establecidas para las mujeres. Estoy orgullosa de saber vivir, no como una mujer, sino como un ser humano, y de tratar al resto de personas como tal.

Sin embargo, cada día lidio con más y más situaciones que me enferman, y si ser mujer en España no es fácil, en India lo es menos. Ser mujer aquí implica depender de alguien, acompañar a un hombre, formar una familia y cuidar de ella. Las mujeres indias pasan de depender económicamente de sus padres para depender de sus maridos, a los que pueden amar, o no. Los matrimonios son concertados por la familia, que puede tener en cuenta la opinión de los hijos, o no. Las mujeres deben vestir bien, tener un pelo largo y cuidado, llevar joyas caras, brillantes y cuantas más mejor, pintarse las uñas. No deben enseñar sus hombros, los pechos tienen que disimularse todo lo posible bajo su sari y jamás pueden vestir con prendas que muestren más allá de sus tobillos. 

Cada vez que hablo con mujeres indias, lo primero que me preguntan es cuántos años tengo; lo segundo, por qué no estoy casada. Cuando hablo con hombres indios, lo primero que me preguntan es de dónde soy;  lo segundo no es una pregunta, sino un piropo, del tipo “eres muy guapa” o “tienes un pelo muy bonito”. No llevo ni un mes en este país y ya me han gritado por la calle, me han mirado de arriba abajo, me han pedido el teléfono móvil y hasta me han tocado el culo al pasar por detrás de mí. Una pena que todo esto ya pase en España. Sin embargo, también me han seguido con la moto todo el camino hasta mi destino sin dejar de hablarme, me han gritado que me pusiera los pantalones para bañarme, me han avisado de que mi hombro se dejaba ver demasiado, me han hecho abrocharme un botón más de la camisa, me obligan a hacer filas separadas de las de los hombres y, si fumara, solo me permitirían hacerlo en determinados sitios (los hombres fuman en cualquier lugar). Me he sentido una guarra como jamás lo había hecho, y esto me hace enfadarme mucho. Siento como si estuviera encerrada en la jaula de un zoo donde humanos con pene pueden mirarme y hacer de mí lo que quieran, de donde no puedo salir y si lo intento, me lo impiden. Y la frustración aumenta al ver que nadie se da cuenta de lo injusto que es todo esto. ¿Qué debo hacer? No puedo obligar a nadie, no sé cómo hacer que ellos mismos se den cuenta, no puedo dar ejemplo porque de alguna forma, yo también arrastro cadenas. No puedo hacerlo sola, pero sí podemos hacerlo todos y todas. Ahí dejo la reflexión.

Por otro lado, si bien en cuanto a género me encuentro en el lado malo, en cuanto a color de piel me tocó nacer en el ¿bueno? Hombres y mujeres indias se me acercan y me piden una foto, no que yo la haga, sino que me la haga con ellos. Me siento como un photocall, un bicho raro superior al que todos admiran por tener la piel blanca y el pelo liso y amarillo. Los niños me saludan en inglés por la calle, me miran con ojos de plato como si fuese la primera persona blanca que ven. Las mujeres me hacen sitio para pasar por calles concurridas, apartan sillas o cajas de mi camino para que no haga malabares. ¿Debería sentirme agradecida? No lo hago. Me irrita no poder pasar desapercibida, no poder llegar nunca a integrarme como a mí me gustaría, me irrita que me traten como alguien especial cuando no lo soy, que se consideren inferiores cuando no lo son. Es irónico y a la vez desconcertante que tenga que descubrir estos dos lados de la moneda, que por un lado sea una bolsa de basura y por otro una piedra preciosa.

En una entrada anterior hablé de la importancia de conservar las diferencias entre sociedades y culturas, de cómo no podemos llegar y occidentalizarlo todo, sin embargo, esto ya no se trata solo de tradiciones, sino de derechos humanos. Se trata de acabar con el machismo imperante en todo el mundo, y del racismo – porque no deja de serlo aunque a mí me beneficie –.

Más en poco tiempo.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Insight

Contaba con la suciedad, con el calor, con la alegría de los niños, con la humildad. Con lo que no contaba era con sentir que no hay nada que pueda hacer aquí. No en el sentido de que todos mis esfuerzos sean en vano, sino porque cada día me doy cuenta de que tengo que cambiar de perspectiva. 

Vine con la idea de ayudar a construir una sociedad distinta, bajo los cimientos de la sanidad y la vida digna. Vine preparada para encontrarme con la pobreza más extrema y las peores condiciones. Y la encontré, mirando a través de unos ojos marrones sobre piel blanca occidental. Sin embargo, cada minuto que pasa y que voy integrándome, me doy cuenta de que estaba muy equivocada. 

No quiero caer en el error de dar a entender que esta sociedad no necesita ayuda, porque sí la necesita. Aunque no menos que otras. Lo que quiero decir es que, tanto yo como otras personas provenientes del “mundo desarrollado”, no estamos aquí para corregir las acciones de esta gente y enseñarles las nuestras, como si nuestra forma de vida fuese un ejemplo a seguir – no lo es, en absoluto – estamos aquí para mostrarles la variedad del planeta, para enseñarles toda esa información que se están perdiendo a costa de vivir con lo mínimo. Estamos aquí para decirles que hay más caminos, en caso de que no estén a gusto con el que les ha sido impuesto, y estamos aquí para ofrecerles apoyo cuando lo necesiten.

En el primer mundo, o en España en concreto, nos educan con la idea de que hemos tenido mucha suerte por haber nacido en un área geográfica excepcional del planeta, es decir, donde disponemos de agua potable casi indefinidamente, donde las calles están asfaltadas, donde rara vez tendremos problemas graves de salud. Pero, ¿hasta qué punto es esto favorable? Tanta facilidad nos hace derrochadores, nos hace débiles y dependientes, nos hace hipocondríacos; y a la vez nos hace creernos poderosos, y el poder nos corrompe. Las necesidades aumentan día a día y esto nos hace egoístas, el impulso de poder, de ganar al de al lado nos hace exigirnos más de lo que deberíamos, y aquí entran el estrés, la ansiedad, la frustración, la baja autoestima, los celos, la ira. Definitivamente, no somos una sociedad ejemplar.

Definitivamente, nosotros también deberíamos aprender de otras formas de vida.

Hay quienes utilizan sus privilegios para conseguir más privilegios entre sus iguales. Y hay quienes no queremos quedarnos encerrados entre los barrotes, y apostamos por escapar de una mentalidad impuesta para encontrar la que nos haga felices.



lunes, 12 de octubre de 2015

Dioses, flores, e incienso

Cada día descubro algo nuevo. El otro día, a la salida del cole, las niñas del orfanato nos convencieron para ir cinco minutos a un templo cercano. Lo que creíamos que iban a ser cinco minutos fue más de una hora, pero mereció la pena.

Era jueves por la noche – los viernes son días de culto a los dioses (praying days, según me contó la profesora de la guardería) – se escuchaba a alguien cantar a lo lejos, pero con forme nos acercábamos al pequeño templo descubrimos que la voz provenía de allí. Nos descalzamos y entramos. Como todos los templos hindús, este no se quedaba atrás en cuanto a colores y decoración llamativa. Olía a incienso y a flores, a té y a comida. La primera impresión que me llevé de los templos de la India fue que no eran nada silenciosos, la gente hablaba en voz alta y se escuchaba el sonido de los ventiladores y de tuberías o algo parecido; pero en aquel templo todo el mundo estaba callado, escuchando a la joven que cantaba, sentada en el suelo con las piernas cruzadas, mientras tocaba unos pequeños platillos al ritmo de la música. No había mucha gente. A la derecha había una mesa grande, repleta de flores de muchos tipos y la figura de alguno de los dioses hindús. Frente a la entrada había una estatua grande y girando a la izquierda entrábamos en la zona del altar, con un espacio en el suelo para sentarse a mirar a las dos figuras que estaban colocadas sobre la mesa, vestidas con telas doradas y rodeadas de velas y fruta.

Una mujer nos invitó a dejar las mochilas en una esquina y sentarnos a escuchar la ceremonia. Así lo hicimos. Nos sentamos todos con las piernas cruzadas mirando el altar y escuchando la voz femenina acompañada del sonido rítmico de los platillos y de un tambor que tocaba otro hombre, todo esto contribuía a crear una atmósfera de paz, de tranquilidad, de espiritualidad que nunca antes había visto. Las niñas conocían la canción y cantaban en voz baja mientras, de vez en cuando, nos miraban a mí y al otro voluntario para ver nuestras reacciones. Cada minuto que pasaba iba llegando más gente y se sentaba con nosotros, otro hombre más mayor nos hacía gestos con las manos para que nos sentásemos más cerca del altar y dejásemos espacio para las personas que llegaban. Después de unos quince minutos ya no podíamos apretarnos más. Hacía mucho calor y todo el mundo sudaba, pero no importaba, porque aquello era precioso. La gente rezaba juntando las manos cerca de su cara, cerrando los ojos e inclinando la cabeza hacia abajo, algunos se emocionaban y dejaban escapar alguna lágrima. Las canciones eran tranquilas, los sonidos se repetían, la gente cantaba e incluso de vez en cuando acompañaban la música con palmadas.

Cuando la chica terminó de cantar, se levantó y dejó sentarse en su mismo sitio a otra mujer más mayor. La anciana contó una historia. No entendí nada, pero me dejé llevar por los sonidos en tamil y por los gestos que ésta hacía, cambiaba frecuentemente de ritmo y velocidad al hablar así que no se me hizo pesado. Las niñas escuchaban atentas y asentían de vez en cuando.

Cuando acabó, solo se escuchó silencio mientras la mujer se levantaba. Entonces, de repente, todo el mundo empezó a cantar de nuevo, primero en voz baja y luego más alto. Mientras, otra mujer encendía un puñado de barras de incienso y la chica joven que había cantado anteriormente, iba encendiendo unos candelabros pequeños preparados junto al altar. Primero cogió el más pequeño, con solo una vela, y lo movió al son de la música en frente de las figuras de los dos dioses. Después hizo lo mismo con el candelabro de dos velas, y así sucesivamente hasta acabar con todos. El humo que las velas desprendían flotaba frente a las dos figuras, al igual que el humo del incienso. Dos hombres movían algo parecido a un abanico y un plumero de pelos muy gruesos frente a las dos figuras, otras dos mujeres les colocaron flores en los pies, después otra persona roció un poco de agua u otro líquido sobre las dos estatuas, las flores y la comida que había sobre el altar. Cuando la canción se terminó, todos los candelabros se habían apagado, todo el templo olía fuertemente a incienso y las dos figuras estaban repletas de flores.

La ceremonia había terminado, y todo el mundo se puso en pie y comenzó a formar una fila para pasar por detrás del altar, yo me retiré, junto con el otro voluntario, pero una de las mujeres que habían participado me dijo que me pusiera en la fila y que viese todo, así que le hice caso. Intenté que mi compañero viniese conmigo pero él prefirió mantenerse al márgen. Al pasar por detrás del altar me pintaron una línea en la frente con unos polvos blancos y un punto de color rojo, después, la fila pasaba por detrás de la estatua grande que había frente a la puerta, la gente delante de mi ponía la mano derecha en forma de cazo y otra mujer les echaba un poco de té, hice lo mismo y me lo bebí, después repitieron lo mismo con leche. Continué en la fila, que parecía no acabar, una mujer me dio flores, y al mirarme supo quién era, me dijo que ella trabajaba en Prime Trust, que es la ONG en la que estoy, me sonrió amablemente y continué en recorrido, antes de salir del templo, un hombre me dio un plato de papel y a la salida, un grupo de mujeres esperaban para repartir arroz, verduras y otras cosas que desconocía. Finalmente busqué mis sandalias, me las puse y me dirigí a dónde me esperaban todas las niñas. Nos comimos el plato por el camino, con la mano, claro. Todas estaban contentas, incluso una de las más pequeñas que se había pasado la tarde llorando, estaba feliz y reía. Yo también lo estaba.

No conozco mucho acerca de esta religión, ni sobre la cultura india, pero aunque no la comparta o no esté de acuerdo con muchas de las reglas sociales, reconozco que es preciosa y que vale la pena mantener la mente abierta y conocer acerca de todo lo posible con el fin de crear un criterio propio. Nadie es mejor que nadie, sino que cada uno ve las cosas desde sus propios ojos, una vez aprendido esto me quito un peso de encima y continúo caminando descalza.

martes, 6 de octubre de 2015

Riquezas

 Empiezo a sentirme cada vez más cómoda en este otro mundo que tanta pena nos da en los países “desarrollados”. Incluso empiezo a dudar sobre quiénes necesitan más ayuda. Quizás aquí vivan entre suciedad y basura, estén expuestos a muchísimas enfermedades y no dispongan de las facilidades de las que en España u otros países disponemos; pero no consideran necesarias muchas de las cosas sin las que mucha gente no sabría vivir y, lo más importante, son felices. Somos expertos en crear necesidades, y aquí estoy aprendiendo a desprenderme del mayor número posible.

Los niños son iguales en cualquier país, exceptuando algunas diferencias culturales. Los niños y niñas indios andan descalzos y comen con la mano como todo el mundo aquí, tampoco tienen problema en comerse algo que se ha caído al suelo y tienen mucha más libertad para moverse, jugar o salir a la calle. Los niños españoles están sobrevigilados, se les educa para tener cuidado con todo porque todo es peligroso. En el parque los padres corren alarmados hacia su hijo/a si se cae del columpio, aquí juegan a su aire, se caen y se dan golpes pero siguen, a veces la profesora se tropieza con ellos y continúa sin disculparse, salen a la calle y caminan entre el caos de coches y motos como si no pasara nada mientras a mí y a mis compañeras, también voluntarias, casi nos da un infarto.

La gente en la India es muy muy muy tranquila. Nunca tienen prisa y, aunque empiezo a acostumbrarme, todavía siento que pierdo el tiempo sin hacer nada. Pero ellos nunca pierden el tiempo, disfrutan cada segundo, toman té con leche y muchísimo azúcar a todas horas y charlan sobre cualquier tema, disfrutan incluso de los silencios (incómodos, para cualquiera de nosotros) que se crean a veces durante una conversación. 

Cuanto más tiempo paso aquí más me doy cuenta de lo increíblemente relativa que es la pobreza. La valoramos en función de las pertenencias materiales que tenemos, cuando en realidad lo verdaderamente importante es lo que no se puede tocar, la manera en que tú mismo/a configuras la realidad en tu cabeza. Se puede vivir sin televisión, sin agua potable en el grifo de casa, con un solo par de zapatos, se puede vivir sin horno, sin microondas, sin poder regular la temperatura del agua de la ducha. Se puede aprender sin mesas y sillas en la escuela y se puede ser feliz con casi nada. 



lunes, 5 de octubre de 2015

Primeras impresiones

Los sueños se cumplen, basta con poner empeño y no detenerte hasta conseguirlo. Escribo una vez asentada en Pondicherry, después de dos larguísimos días de viaje y un intenso primer día descubriendo la realidad. Y la realidad no tiene nada que ver con lo que imaginamos. 

Todo es muy bonito, voy descubriendo la cultura y las diferencias que voy encontrado hacen de esto una experiencia cada vez más valiosa. La cuidad es preciosa, llena de colores, de casas pintadas y de muchísimas personas que con sus trajes parecen parte del decorado en cada una de las fotos que hago. Nunca había visto un mercado con pavos sueltos, ni con tantos alimentos que no conozco juntos. He comido arroz con salsas de verduras que no había visto nunca (con la mano, por cierto), un elefante me ha tocado la cabeza a la entrada de un templo y he regateado para montar en “tuc-tuc”.

He empezado a descubrir también el lado oscuro de todo esto, que al fin y al cabo era a lo que venía. El primer shock me lo llevé durante el aterrizaje de mi segundo avión en Bombay. En lo alto todo parecía precioso, todo muy verde, con mucha vegetación, pero conforme íbamos disminuyendo la altura y acercándonos a la ciudad mi opinión cambió totalmente. Primero se veían edificios altos, blancos, “tampoco está tan mal” pensé, pero después empecé a darme cuenta de que toda la zona que rodeaba al aeropuerto estaba llena de casitas bajas. Y esas casas no eran casas, eran chabolas con techos de chapa sujetos con piedras, amontonadas unas a otras y hacinadas de manera que apenas había espacio entre ellas. Esta visión ocupaba la gran parte de la ciudad, incluso llegando a la valla metálica que delimitaba el territorio del aeropuerto. Un aeropuerto enorme.

Una vez en Pondicherry también he podido comprobar que las calles están realmente sucias, el ambiente es tan húmedo que todos los olores quedan retenidos y sumados al calor asfixiante y al sudor de todo el mundo hace que a veces sea difícil respirar, aunque después de un rato te acostumbras. Hay muchísimas vacas por la calle, andan a sus anchas y nadie las molesta, pero no pasa lo mismo con los perros. Los perros están enfermos, tienen pulgas y comen de la basura, todos parecen cachorros, y posiblemente lo sean, ya que también posiblemente mueran jóvenes. Los hombres tienen el control en cualquier situación, he visto cómo un hombre siempre manda sobre las mujeres y cómo estas simplemente obedecen, sin siquiera cuestionarse por qué lo hacen, no me habría llamado la atención si no conociese la gravedad de tal injusticia.

A pesar de todo esto y lo malo que parece, la gente vive aquí, y vive feliz. Me sorprende que en los países europeos llamemos vivienda digna a una casa en unas condiciones que aquí solo se pueden permitir los más ricos, o que hablemos de la desgracia de tener un mal trabajo cuando aquí se trabaja regateando a precios bajísimos, o que nos quejemos de un baño sucio en un restaurante cuando aquí lo único que hay es un agujero en el suelo. Y recuerdo que los zapatos siempre se quedan en la puerta de la calle. Creo que a veces deberíamos dejar de exagerar los males y aprender a vivir de la manera en que se nos presenten las cosas.

Más, próximamente.