Cada día descubro algo nuevo. El otro día, a la salida del
cole, las niñas del orfanato nos convencieron para ir cinco minutos a un
templo cercano. Lo que creíamos que iban a ser cinco minutos fue más de una
hora, pero mereció la pena.
Era jueves por la noche – los viernes son días de culto a
los dioses (praying days, según me contó la profesora de la guardería) – se
escuchaba a alguien cantar a lo lejos, pero con forme nos acercábamos al
pequeño templo descubrimos que la voz provenía de allí. Nos descalzamos y
entramos. Como todos los templos hindús, este no se quedaba atrás en cuanto a
colores y decoración llamativa. Olía a incienso y a flores, a té y a comida. La
primera impresión que me llevé de los templos de la India fue que no eran nada
silenciosos, la gente hablaba en voz alta y se escuchaba el sonido de los
ventiladores y de tuberías o algo parecido; pero en aquel templo todo el mundo
estaba callado, escuchando a la joven que cantaba, sentada en el suelo con las
piernas cruzadas, mientras tocaba unos pequeños platillos al ritmo de la
música. No había mucha gente. A la derecha había una mesa grande, repleta de
flores de muchos tipos y la figura de alguno de los dioses hindús. Frente a la entrada había una estatua grande y girando a la
izquierda entrábamos en la zona del altar, con un espacio en el suelo para
sentarse a mirar a las dos figuras que estaban colocadas sobre la mesa,
vestidas con telas doradas y rodeadas de velas y fruta.
Una mujer nos invitó a dejar las mochilas en una esquina y
sentarnos a escuchar la ceremonia. Así lo hicimos. Nos sentamos todos con las
piernas cruzadas mirando el altar y escuchando la voz femenina acompañada del sonido
rítmico de los platillos y de un tambor que tocaba otro hombre, todo esto
contribuía a crear una atmósfera de paz, de tranquilidad, de espiritualidad que
nunca antes había visto. Las niñas conocían la canción y cantaban en voz baja
mientras, de vez en cuando, nos miraban a mí y al otro voluntario para ver
nuestras reacciones. Cada minuto que pasaba iba llegando más gente y se sentaba
con nosotros, otro hombre más mayor nos hacía gestos con las manos para que nos
sentásemos más cerca del altar y dejásemos espacio para las personas que
llegaban. Después de unos quince minutos ya no podíamos apretarnos más. Hacía
mucho calor y todo el mundo sudaba, pero no importaba, porque aquello era
precioso. La gente rezaba juntando las manos cerca de su cara, cerrando los
ojos e inclinando la cabeza hacia abajo, algunos se emocionaban y dejaban
escapar alguna lágrima. Las canciones eran tranquilas, los sonidos se repetían,
la gente cantaba e incluso de vez en cuando acompañaban la música con palmadas.
Cuando la chica terminó de cantar, se levantó y dejó
sentarse en su mismo sitio a otra mujer más mayor. La anciana contó una
historia. No entendí nada, pero me dejé llevar por los sonidos en tamil y
por los gestos que ésta hacía, cambiaba frecuentemente de ritmo y velocidad al
hablar así que no se me hizo pesado. Las niñas escuchaban atentas y asentían de
vez en cuando.
Cuando acabó, solo se escuchó silencio mientras la mujer se
levantaba. Entonces, de repente, todo el mundo empezó a cantar de nuevo,
primero en voz baja y luego más alto. Mientras, otra mujer encendía un puñado
de barras de incienso y la chica joven que había cantado anteriormente, iba
encendiendo unos candelabros pequeños preparados junto al altar. Primero cogió
el más pequeño, con solo una vela, y lo movió al son de la música en frente de
las figuras de los dos dioses. Después hizo lo mismo con el candelabro de dos
velas, y así sucesivamente hasta acabar con todos. El humo que las velas
desprendían flotaba frente a las dos figuras, al igual que el humo del
incienso. Dos hombres movían algo parecido a un abanico y un plumero de pelos
muy gruesos frente a las dos figuras, otras dos mujeres les colocaron flores en
los pies, después otra persona roció un poco de agua u otro líquido sobre las
dos estatuas, las flores y la comida que había sobre el altar. Cuando la
canción se terminó, todos los candelabros se habían apagado, todo el templo
olía fuertemente a incienso y las dos figuras estaban repletas de flores.
La ceremonia había terminado, y todo el mundo se puso en pie
y comenzó a formar una fila para pasar por detrás del altar, yo me retiré,
junto con el otro voluntario, pero una de las mujeres que habían participado me
dijo que me pusiera en la fila y que viese todo, así que le hice caso. Intenté que mi compañero viniese conmigo pero él prefirió mantenerse al márgen. Al pasar
por detrás del altar me pintaron una línea en la frente con unos polvos blancos
y un punto de color rojo, después, la fila pasaba por detrás de la estatua grande que había
frente a la puerta, la gente delante de mi ponía la mano derecha en forma de
cazo y otra mujer les echaba un poco de té, hice lo mismo y me lo bebí, después
repitieron lo mismo con leche. Continué en la fila, que parecía no acabar, una
mujer me dio flores, y al mirarme supo quién era, me dijo que ella trabajaba en Prime Trust,
que es la ONG en la que estoy, me sonrió amablemente y continué en recorrido,
antes de salir del templo, un hombre me dio un plato de papel y a la salida, un
grupo de mujeres esperaban para repartir arroz, verduras y otras cosas que
desconocía. Finalmente busqué mis sandalias, me las puse y me dirigí a dónde me
esperaban todas las niñas. Nos comimos el plato por el camino, con la mano,
claro. Todas estaban contentas, incluso una de las más pequeñas que se había
pasado la tarde llorando, estaba feliz y reía. Yo también lo estaba.
No conozco mucho acerca de esta religión, ni sobre la
cultura india, pero aunque no la comparta o no esté de acuerdo con muchas de
las reglas sociales, reconozco que es preciosa y que vale la pena mantener la
mente abierta y conocer acerca de todo lo posible con el fin de crear un
criterio propio. Nadie es mejor que nadie, sino que cada uno ve las cosas desde
sus propios ojos, una vez aprendido esto me quito un peso de encima y continúo
caminando descalza.
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