Los sueños se cumplen, basta con poner empeño y no detenerte hasta conseguirlo. Escribo una vez asentada en Pondicherry, después de dos larguísimos días de viaje y un intenso primer día descubriendo la realidad. Y la realidad no tiene nada que ver con lo que imaginamos.
Todo es muy bonito, voy descubriendo la cultura y las diferencias que voy encontrado hacen de esto una experiencia cada vez más valiosa. La cuidad es preciosa, llena de colores, de casas pintadas y de muchísimas personas que con sus trajes parecen parte del decorado en cada una de las fotos que hago. Nunca había visto un mercado con pavos sueltos, ni con tantos alimentos que no conozco juntos. He comido arroz con salsas de verduras que no había visto nunca (con la mano, por cierto), un elefante me ha tocado la cabeza a la entrada de un templo y he regateado para montar en “tuc-tuc”.
He empezado a descubrir también el lado oscuro de todo esto, que al fin y al cabo era a lo que venía. El primer shock me lo llevé durante el aterrizaje de mi segundo avión en Bombay. En lo alto todo parecía precioso, todo muy verde, con mucha vegetación, pero conforme íbamos disminuyendo la altura y acercándonos a la ciudad mi opinión cambió totalmente. Primero se veían edificios altos, blancos, “tampoco está tan mal” pensé, pero después empecé a darme cuenta de que toda la zona que rodeaba al aeropuerto estaba llena de casitas bajas. Y esas casas no eran casas, eran chabolas con techos de chapa sujetos con piedras, amontonadas unas a otras y hacinadas de manera que apenas había espacio entre ellas. Esta visión ocupaba la gran parte de la ciudad, incluso llegando a la valla metálica que delimitaba el territorio del aeropuerto. Un aeropuerto enorme.
Una vez en Pondicherry también he podido comprobar que las calles están realmente sucias, el ambiente es tan húmedo que todos los olores quedan retenidos y sumados al calor asfixiante y al sudor de todo el mundo hace que a veces sea difícil respirar, aunque después de un rato te acostumbras. Hay muchísimas vacas por la calle, andan a sus anchas y nadie las molesta, pero no pasa lo mismo con los perros. Los perros están enfermos, tienen pulgas y comen de la basura, todos parecen cachorros, y posiblemente lo sean, ya que también posiblemente mueran jóvenes. Los hombres tienen el control en cualquier situación, he visto cómo un hombre siempre manda sobre las mujeres y cómo estas simplemente obedecen, sin siquiera cuestionarse por qué lo hacen, no me habría llamado la atención si no conociese la gravedad de tal injusticia.
A pesar de todo esto y lo malo que parece, la gente vive aquí, y vive feliz. Me sorprende que en los países europeos llamemos vivienda digna a una casa en unas condiciones que aquí solo se pueden permitir los más ricos, o que hablemos de la desgracia de tener un mal trabajo cuando aquí se trabaja regateando a precios bajísimos, o que nos quejemos de un baño sucio en un restaurante cuando aquí lo único que hay es un agujero en el suelo. Y recuerdo que los zapatos siempre se quedan en la puerta de la calle. Creo que a veces deberíamos dejar de exagerar los males y aprender a vivir de la manera en que se nos presenten las cosas.
Más, próximamente.
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