miércoles, 14 de octubre de 2015

Insight

Contaba con la suciedad, con el calor, con la alegría de los niños, con la humildad. Con lo que no contaba era con sentir que no hay nada que pueda hacer aquí. No en el sentido de que todos mis esfuerzos sean en vano, sino porque cada día me doy cuenta de que tengo que cambiar de perspectiva. 

Vine con la idea de ayudar a construir una sociedad distinta, bajo los cimientos de la sanidad y la vida digna. Vine preparada para encontrarme con la pobreza más extrema y las peores condiciones. Y la encontré, mirando a través de unos ojos marrones sobre piel blanca occidental. Sin embargo, cada minuto que pasa y que voy integrándome, me doy cuenta de que estaba muy equivocada. 

No quiero caer en el error de dar a entender que esta sociedad no necesita ayuda, porque sí la necesita. Aunque no menos que otras. Lo que quiero decir es que, tanto yo como otras personas provenientes del “mundo desarrollado”, no estamos aquí para corregir las acciones de esta gente y enseñarles las nuestras, como si nuestra forma de vida fuese un ejemplo a seguir – no lo es, en absoluto – estamos aquí para mostrarles la variedad del planeta, para enseñarles toda esa información que se están perdiendo a costa de vivir con lo mínimo. Estamos aquí para decirles que hay más caminos, en caso de que no estén a gusto con el que les ha sido impuesto, y estamos aquí para ofrecerles apoyo cuando lo necesiten.

En el primer mundo, o en España en concreto, nos educan con la idea de que hemos tenido mucha suerte por haber nacido en un área geográfica excepcional del planeta, es decir, donde disponemos de agua potable casi indefinidamente, donde las calles están asfaltadas, donde rara vez tendremos problemas graves de salud. Pero, ¿hasta qué punto es esto favorable? Tanta facilidad nos hace derrochadores, nos hace débiles y dependientes, nos hace hipocondríacos; y a la vez nos hace creernos poderosos, y el poder nos corrompe. Las necesidades aumentan día a día y esto nos hace egoístas, el impulso de poder, de ganar al de al lado nos hace exigirnos más de lo que deberíamos, y aquí entran el estrés, la ansiedad, la frustración, la baja autoestima, los celos, la ira. Definitivamente, no somos una sociedad ejemplar.

Definitivamente, nosotros también deberíamos aprender de otras formas de vida.

Hay quienes utilizan sus privilegios para conseguir más privilegios entre sus iguales. Y hay quienes no queremos quedarnos encerrados entre los barrotes, y apostamos por escapar de una mentalidad impuesta para encontrar la que nos haga felices.



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