Ocho horas. Ocho horas desde que hemos pisado suelo griego hasta que se nos ha clavado una espinita en el corazón.
Memo y Aekeed. 24 y 25 años. 34 y 35 en apariencia. Siria. Dolor.
No es solo por sus historias repletas de pérdidas, riesgos, viajes, indecisión, sufrimiento, es por sus rostros. La manera en la que ríen. La alegría, efímera para muchos de nosotros y estrictamente necesaria para ellos. La resiliencia sin opción. La indiferencia al hablar de muerte. Las ganas de vivir.
La humanidad más humana que haya visto nunca.
Supongo que sentir es bonito en su justa medida. Que aprender a fluir en cada emoción hasta que esta pasa es útil siempre y cuando no se sobre pase el límite de lo insufrible.
Hoy he aprendido dos cosas: 1- que el dolor nos hace de piedra. Y 2- que solo sabiendo ser de piedra se puede ser realmente humano.
Memo y Amed. No nos han contado ni una milésima parte de su vida, pero ha bastado para hacernos una milésima parte de la idea de su fortaleza. Qué importa si duermen en el suelo, qué importa no saber dónde estarán mañana, qué importa nada, después de sus desventuras. Y sin embargo se han preocupado por nosotras y han intentado protegernos de otros que “no eran buenos”.
Entiendo que cada persona es un mundo, dadas sus circunstancias, que algunos aprenden a ser buenos y otros a ser malos y que hay que ser prudente. Ellos hoy nos han demostrado que se puede ser humilde y empático a pesar de las propias heridas.
Pido que esto que siento ahora no se acabe, que no me acostumbre a historias similares. Que nadie lo haga o nuestra misión habrá sido en vano. Que no quede en un mero “pobrecitos” sino en un “estoy harto, luchemos”. Pido – os pido – que no ignoréis la rabia y que, entre todos, sepamos unirnos para terminar con esto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario