miércoles, 17 de agosto de 2016

Un mar de sufrimiento al que lanzarse

Hoy me duele el pecho. Y siento que la cabeza me va a estallar. Al tercer día ya pasé a ser La Psicóloga (con mayúsculas, porque me temo que soy la única). Me duele la impotencia de la situación, el no poder solucionar sus mayores preocupaciones, como la maldita burocracia para conseguir un permiso de 6 meses o las citas de las entrevistas para la reunificación familiar. Me duele darme cuenta de que muchas veces la única solución es el contrabando, y que ellos lo prefieren, aunque con ello estén arriesgando sus vidas. Me duele ver cómo se consumen en su pasado, cómo lloran, cómo se pudren por dentro mientras esperan que todo mejore. 

Me destrozan sus sonrisas de ojos siempre tristes y sus cicatrices, por fuera pero también por dentro. “Si alguna vez te contara todo lo que llevo dentro, no podrías soportarlo, caerías en depresión”, me dijo un chaval de 22 años (¡mi edad!) durante una sesión. Por supuesto, acepté el reto. Un chaval de 22 años, con casi las mismas heridas por todo el cuerpo, incluyendo una bala en el pecho y un antebrazo casi amputado. Una mirada indescriptible, y cuando digo indescriptible no exagero. Una mirada que dice tanto y tan poco a la vez. Un mar de sufrimiento al que lanzarse. Una actitud desesperanzada: “ya no tengo nada que perder, porque ya lo he perdido todo”. Un chaval en un pozo negro y una psicóloga inexperta que desde arriba le lanza una cuerda. Si tan solo pudiese aportar un rayito de luz a su vida, sería la persona más feliz del mundo, pero ¿cómo voy yo, desde mi ignorancia, a hacerle ver que la vida es maravillosa y que tiene que abrazarse a ella con todas sus fuerzas?

“Muchas veces lloro recordando mi país, otras veces lloro por dentro para que mis hijos no se enteren. Yo puedo soportarlo, aunque me cueste, pero ellos no podrían”, me dijo una mujer de 40 años, que aparenta 60. Su marido y su hijo mayor están en Alemania. Ella a cargo de una familia que no funciona: un hijo adolescente que no está preparado para ser el hombre, una hija adolescente enamorada de alguien a quién no aceptan, un niño perdido. Gritos, golpes, lágrimas. Todo ello en un momento de sus vidas que ya es de por sí insoportable. El tiempo pasa lento en la tienda de campaña en la que duermen cada día, esperando noticias nuevas que no llegan. La tensión aumenta. Los recuerdos no se marchan. 

Sin embargo sonríen. Me agradecen tan fuerte que apenas puedo creérmelo. Un abrazo interminable que casi me deja sin respiración. Un sutil pero intenso gesto de agarrarme la mano. Una mirada brillante, como nunca las había visto, que interpreto como un “gracias, simplemente por escucharme sin juzgar”. Solamente por eso sé que vale la pena estar aquí, aunque llegue a casa cada noche con un nudo en la garganta, aunque cada paso que de aparezcan 5 personas más que quieren hablar conmigo. Aunque ni siquiera sepa si mañana van a estar aquí o se habrán marchado.

Vale la pena.

1 comentario:

  1. Cada día espero con impaciencia tu publicación en el blog y cada día me siento mas orgulloso de mi hija. Sólo espero que sea una experiencia enriquecedora y no te afecte personalmente dado el grado de sufrimiento que estás viendo allí. Y ya sabes la familia unida.....

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