sábado, 13 de agosto de 2016

Luchemos

Ocho horas. Ocho horas desde que hemos pisado suelo griego hasta que se nos ha clavado una espinita en el corazón.

Memo y Aekeed. 24 y 25 años. 34 y 35 en apariencia. Siria. Dolor. 

No es solo por sus historias repletas de pérdidas, riesgos, viajes, indecisión, sufrimiento, es por sus rostros. La manera en la que ríen. La alegría, efímera para muchos de nosotros y estrictamente necesaria para ellos. La resiliencia sin opción. La indiferencia al hablar de muerte. Las ganas de vivir.

La humanidad más humana que haya visto nunca.

Supongo que sentir es bonito en su justa medida. Que aprender a fluir en cada emoción hasta que esta pasa es útil siempre y cuando no se sobre pase el límite de lo insufrible. 

Hoy he aprendido dos cosas: 1- que el dolor nos hace de piedra. Y 2- que solo sabiendo ser de piedra se puede ser realmente humano.

Memo y Amed. No nos han contado ni una milésima parte de su vida, pero ha bastado para hacernos una milésima parte de la idea de su fortaleza. Qué importa si duermen en el suelo, qué importa no saber dónde estarán mañana, qué importa nada, después de sus desventuras. Y sin embargo se han preocupado por nosotras y han intentado protegernos de otros que “no eran buenos”.

Entiendo que cada persona es un mundo, dadas sus circunstancias, que algunos aprenden a ser buenos y otros a ser malos y que hay que ser prudente. Ellos hoy nos han demostrado que se puede ser humilde y empático a pesar de las propias heridas.

Pido que esto que siento ahora no se acabe, que no me acostumbre a historias similares. Que nadie lo haga o nuestra misión habrá sido en vano. Que no quede en un mero “pobrecitos” sino en un “estoy harto, luchemos”. Pido – os pido – que no ignoréis la rabia y que, entre todos, sepamos unirnos para terminar con esto.


viernes, 12 de agosto de 2016

Boom boom

Algo retumba en el pecho. Como un gigante que da golpes por salir.

El calor abrasador del sol y la humedad nos dan la bienvenida a esta ciudad de grafitis y letras raras. Después de haber intentado descansar un rato aparece el gigante. No puedo esperar, la impaciencia me domina. Aprieto los dientes y abro bien los ojos al asomarme a la ventana. El sol se pondrá en pocas horas pero tengo la sensación de que el día aun tiene mucho que darme. 

Siento el cosquilleo de antes de un beso y el entusiasmo de un regalo por sorpresa. La vida es un regalo. Si la sabes decorar y ponerle lazos. 

Empieza la aventura.

Otra nueva.

Respiro profundamente, con el abdomen y con cada uno de los poros de mi piel. Quiero empaparme de cada pequeño detalle. No dejarme nada por hacer. Ya tengo preparada la libreta y la pluma. Para plasmar como yo sé cada sentimiento indefinido y ponerle letras, que no nombre. 

De nuevo Wanderlust. Para hacerme despertar, volar una vez más y al mismo tiempo acercarme a suelo.

Descalza.

viernes, 5 de agosto de 2016

Estrellas

Corren las agujas.

Ayer nos enteramos de que la noche en que partimos no lo haremos solas, sino con las Perseidas de cada agosto, esta vez multiplicadas por cinco. Qué bonita metáfora. Lluvia de estrellas sobre nuestras cabezas para acompañarnos en un viaje que seguro no nos deja indiferentes.

No estoy asustada, sino expectante. Hambrienta de experiencias, colores, olores, ojos nuevos. Mentes nuevas. Dejo por un tiempo mis andares descosidos y me lanzo al vuelo. Ya lo echaba de menos.

“¿Qué se lleva en la maleta para un viaje así?” Buena pregunta. Supongo que espacio. Y orden. Para volver llena y despeinada. 

Para creer en la humanidad hay que ser parte de ella. Quizás yo viva en las nubes, demasiado ignorante de los peligros reales, confiada, ingenua y risueña. Pero todavía sigo viva y no he perdido la esperanza. La gente es buena. Las circunstancias no. A veces no sabemos reaccionar, nos ahogamos en mares de miedo, atacamos, se nos olvida que no estamos solos y que también hay que cuidar la compañía. 

Una vez me dijeron que un viaje es una huida. No diré que no lo es. Huyo de la rutina, de la banalidad, del mismo pensamiento lineal de cada día que nos oprime el cerebro. Huyo de mi vida para entrar en otras. Y huyo de mi pasado para alimentar mi presente. Huyo para sentirme viva. 

Siento que me esperan, que me necesitan, que si hago reír a alguien habrá merecido la pena, que cualquier diminuto gesto es bien recibido y que se lo debemos. El mundo gira demasiado rápido y cerramos los ojos y las fronteras sin apenas sentir nada. Nos consumimos en un egoísmo generalizado y normalizado. ¿Quién va a ser el primero en soltarse las cadenas?

Si pudiese cambar el mundo lo haría. Espera un momento, ¡si puedo hacerlo! Me pongo manos a la obra, entonces. 

Paz.

lunes, 18 de julio de 2016

Grecia

Vuelo de nuevo. Con la ilusión de la primera vez. Y de cada vez. Vuelvo a pensar en maletas y ventanillas de avión. Con mis cinco sentidos preparados para devorar lo que la tierra que pise me quiera ofrecer.

Vuelo para ayudar y para ayudarme. Me marcho rota como un cristal y dejando atrás los cambios que ya son pasado, con el pecho latiendo a destiempo por escapar. Me marcho con la cabeza a punto de explotar de ideas, con los dedos listos para vomitar en letras y el corazón abierto de par en par.

Esta vez marcho a Grecia con el propósito de tender la mano a esas personas que llaman refugiados pero que no tienen refugio. Y esta vez no marcho sola, marcho con mi amiga y compañera de Al Cuadrado Solidario, y marcho con todos los que de una forma u otra quisieron, quieren y –todavía a tiempo- querrán ayudar y colaborar en nuestro proyecto.

En el puerto de El Pireo, en Grecia, habitan temporalmente miles de personas en una situación precaria, durmiendo en tiendas de campaña y rodeados por una verja que los aísla del resto como animales peligrosos. Las últimas noticias del lugar apuntan a un desalojo progresivo del puerto, un desalojo injusto, camuflado, pero no por ello menos agresivo, debido a intereses económicos relacionados con la industria de la pesca. O quizás solo sea una excusa más para librarse de ellos. Saquen sus conclusiones. El caos reina en la zona, el desconcierto, la incertidumbre y el sufrimiento de estas personas no se puede ignorar. 

Mi objetivo primordial es impedir que lo que está sucediendo allí se mantenga oculto a los ojos de Europa. Viajo para ayudar todo lo posible con el dinero recaudado, pero también para llevar a cabo un pequeño programa de arteterapia que ayude a los y las refugiadas, adultos y niños, a encontrar una manera de expresarse libremente, canalizar, desahogarse, y sobre todo contar al mundo lo que viven y lo que quieren vivir. Mi objetivo es lograr, por todos los medios posibles, que sus voces no se acallen, que se escuchen más alto y más lejos. Pintura, escritura, danza, todo es lenguaje y libertad. 

Pasaré (solamente) dos semanas en El Pireo trabajando por y para estas personas que lo han perdido todo, en nombre de todos los que todavía sienten la rabia de la injusticia en el pecho. Los refugiados son personas como cualquiera de nosotros, que lo han perdido todo, que no quieren hacer ningún mal a nadie y que necesitan nuestra ayuda urgente. Todavía no me he ido y ya quiero volver. Posiblemente lo haga, los que me conocen ya saben que no me cuesta mucho tomar este tipo de decisiones. Las alas mandan.

Paz y libertad.


miércoles, 16 de diciembre de 2015

"Resume tu experiencia en una entrada corta"

¿Cómo explicar con palabras lo que se siente al ver los primeros rayos de sol asomando por el horizonte de la Bahía de Bengala? ¿Cómo explicar lo que se siente al escuchar reír a carcajadas a una niña con el cabello repleto de piojos y que ni siquiera tiene cepillo de dientes? ¿Cómo explicar la paz inamovible de un lugar envuelto en ruidos, suciedad y calor?

Jamás conseguiría describir mi experiencia en la India como se merece, primero, por ser un lugar completamente distinto a todo lo que la mayoría de personas que me lea conoce y, segundo, por ser yo y mis circunstancias quién trató de empapar la esencia de ese país y se quedó con las mejores cosas. “La India es un país que, o no gusta nada, o enamora” me dijeron antes de partir, y me alegro enormemente de haberme convertido en una de esas personas que se dejan un pedacito de corazón allí, con intenciones de volver.

Lo único que lamento de mi viaje es que fuese tan corto. Un mes fue suficiente para mostrarme algunas de las mejores pinceladas de la cultura, pero no lo fue para que yo pudiese dar de mí tanto como me habría gustado. Marché con las ideas claras acerca de mi misión en Pondicherry, con la mente abierta para que el choque cultural fuese lo menos brusco posible y con muchas ganas de ayudar en una sociedad a la que llamamos “subdesarrollada”. Me indignaba pensar que en el mundo hubiese gente que no podía vivir en una casa con agua caliente, con goteras, sin horno o microondas, que hubiese gente que tuviese que lavar la ropa en el río, que trabajase 20 horas al día por un mísero salario. Sin embargo, me di de bruces con algo que yo no contemplaba: en el mundo hay personas que sí pueden vivir así y que, además, son felices. ¿Cómo? Dando menos importancia a lo material, viviendo el momento y disfrutando de él, agradeciendo cada segundo lo que la vida les ha dado y dejándose fluir en el tiempo sin prisas ni estrés.

En la guardería en la que ayudaba por las mañanas vi cómo había niños y niñas que siempre llevaban la misma ropa y que muchos días traían la mochila vacía, sin nada de comida para almorzar y comer, pero también vi cómo todos estaban acostumbrados a compartir comida y no había reparos en comer del suelo. No sucedía lo mismo con los juguetes, no estaban acostumbrados a tenerlos y, por ello, discutían continuamente, pero cuando disfrutaban, lo hacía de verdad, como lo hacen los niños, a lo grande.

Otro de los proyectos en los que ayudé fue el que idearon dos voluntarias francesas, en el cual ponían en contacto a un grupo de niños y niñas indios de entre 12 y 15 años con otro grupo de edad similar de un colegio de su ciudad en Francia. Durante estos ratos, lo niños no salían de su asombro, escuchaban atónitos todo lo que les enseñábamos acerca de Europa, sus costumbres, sus calles, sus comidas, hacían preguntas que jamás habríamos imaginado y les encantaba hablar sobre su país. Fue sin duda una gran experiencia, tanto para ellos, como para nosotras.

Sin embargo, lo más importante que me llevé del país no fueron regalos ni comida india, sino el recuerdo de todas las personas que conocí, del resto de voluntarios con los que entablé lazos increíbles a pesar de mi corta estancia, del conjunto de personas que me rodearon, me ayudaron, me aconsejaron, me cuidaron y me hicieron pasarlo bien. Coincidimos voluntarios de muchos países distintos y pasábamos el rato con Rajesh (el coordinador de los voluntarios en la ONG) y sus amigos, por lo que la mezcla cultural que salió de allí fue cuanto menos enriquecedora. Nos envolvía una atmósfera de generosidad, de fraternidad, que muy pocas veces he experimentado. Todos éramos distintos así que todo estaba permitido, nadie tenía miedo de expresarse porque sabíamos que iba a ser bien recibido. Aprendimos a ver las virtudes de cada uno y a engrandecerlas. No estoy segura de si la razón de esta gran convivencia fue el lugar, nuestra posición de voluntarios o si simplemente nuestras personalidades encajaron a la perfección, pero fue algo que no me dejará indiferente.

Recordaré siempre mi viaje a la India como un paréntesis muy necesario en mi vida, donde conseguí deshacerme de pequeñas preocupaciones que después me parecieron estúpidas, donde aprendí a ver el mundo desde otra perspectiva y donde también me descubrí a mí misma. Tengo claro que volveré algún día y que aquel país que nos parece tan lejano y tan extravagante volverá a enseñarme infinitas cosas que sin duda me cambiarán para bien.

Eva.

martes, 10 de noviembre de 2015

Hasta pronto

Se acabó. Lo que tantos años había soñado ya ha terminado. Y me ha sabido a poco, como esperaba. 

Dejo atrás un mes increíble, uno de los meses más intensos de mi vida, uno de los meses en los que más he podido absorber del mundo, de la humanidad. Dejo atrás un sueño cumplido, ¿hacia dónde he de apuntar ahora?, ¿cómo he de sentirme? Nostalgia, alegría, agradecimiento, añoranza, tristeza. No tengo ni idea de cómo me sentía cuando no dejaba de llorar en el avión de vuelta. No sé cómo expresar lo que este viaje ha hecho en mí, lo que me ha enseñado, lo que significa para mí haber visto lo que he visto, haber sentido lo que he sentido, haber conocido a las personas a las que he conocido. ¿Qué voy a contestar cuando me pregunten qué tan en la India? No existe una respuesta que nadie excepto yo pueda comprender.

Esta ha sido una de las mejores experiencias de mi vida y me alegro de haberla vivido a mis 21 años. Todavía me queda muchísima vida para seguir empapándome del mundo entero, y ganas infinitas. Me siento viva, me siento joven, me siento enormemente afortunada. No quiero tener dinero, no quiero llenarme de objetos materiales que me vacíen por dentro, sé que puedo encontrar la manera de hacer lo que quiero hacer, a pesar de las barreras (principalmente económicas) que me limitan a mí y al resto. Todo es cuestión de prioridades y la mía es luchar por todo aquello que me haga feliz. Algunos me tachan de ingenua, de vivir en las nubes, de no tener los pies en el suelo, y quizás tengan razón, no los tengo, pero seguiré volando hasta que me caiga por mí misma y no por los avisos de otros.

Siento que puedo seguir adelante aceptando que no todo a mi alrededor es justo, ni bueno para mí ni para ti, ni para los demás; puedo seguir adelante a sabiendas de que no puedo cambiarlo todo, pero de que puedo ayudar, y de que a veces una pequeña acción tiene grandes consecuencias. Siento que me queda mucho que ofrecer en India y seguiré ayudando en lo que pueda desde aquí. Siento que lo poco que me ha dado tiempo de hacer en Pondicherry ha tenido grandes repercusiones. Siento que me han querido muchísimo más de lo que yo esperaba. Tan solo un mes y he recibido un cariño que jamás podría haber imaginado. Me voy con la sensación de que no hay motivos para que me hayan tratado tan bien, al fin y al cabo solo he sido una voluntaria más que llegó y ya se ha marchado, pero siento que he dejado huella, no sé cómo. Lo que he recibido es desmesurado, quizás haya dejado algo en el camino que desconozco y que allí han sabido apreciar. Esperaba pasar desapercibida, llegar, ayudar y marcharme, y sin embargo, siento que me he convertido en alguien importantísimo para las personas que he conocido. 

Y todo es recíproco.


Llegué para cambiarla y ella me cambió a mí.


lunes, 2 de noviembre de 2015

La otra cara

Todo lo bueno se acaba. Y esta vez lo asumo. He disfrutado de cada momento, de cada rayo de sol abrasador y de cada gota de lluvia, de cada carcajada, de cada taza de té y de cada una de las especias, de cada persona, de cada nuevo amigo, de cada una de las cabezas locas que me han acompañado y han hecho de esta experiencia una de las mejores de mi vida. La India no habría sido lo mismo sin ellos. 

Me marcho de Pondicherry en dirección Bombay, donde pasaré mis últimos días antes de volver al invierno español. Exprimiré, como siempre hago, cada segundo y me despediré con un “hasta pronto”. 

¿Cuánto tiempo gastamos en llorar por el pasado?, ¿cuánto tiempo invertimos preocupándonos del futuro? Como era de esperar, este viaje no me deja indiferente, y la diferencia con respecto a otros grandes viajes y experiencias de las que me ha costado desprenderme es que esta vez he aprendido a dejarme llevar, a vivir en el presente y respirar tranquila. 

No puedo sino dar las gracias por haber hecho esto realidad. Gracias a todos los que se interesaron por mí desde el primer día, a los que me dieron buenos consejos antes de venir, a los que me advirtieron de los peligros, a los que siempre me apoyaron y creyeron en mí, a los que temían e hicieron de tripas corazón, a los que desde el principio supieron que no iba a darme por vencida hasta conseguirlo (todos esos que me conocen bien). Y también, gracias a la gente que he conocido aquí, que tanto me ha enseñado y que nunca olvidaré.

Pero esto no ha acabado. Me queda la última parte de la aventura: Bombay. Me queda descubrir la gran ciudad, el otro lado de la moneda. Me queda descubrir lo que es ser una turista rica entre los pobres. 

Si soy sincera, estoy algo asustada. 

Pocas veces siento miedo y sentirlo nunca es para mí un impedimento, pero sí, lo admito. Creo que es difícil dar el paso de ayudar en una ONG a convertirme en un cajero automático para los indios. Y más allá de eso, es mucho más duro para mí pasar de ser una chica joven que ayuda, a una chica joven a secas. En Bombay pierdo todo el respeto que he podido tener entre los que me rodean, ahora solo seré una mujer, blanca, joven, con todo lo que ello conlleva aquí.

Volveré con más historias y opiniones sobre esto. ¡Deseadme suerte!